La economía española sufre graves problemas de fondo desde hace muchos años: posee la mayor tasa de paro de la zona euro (el doble que la media), acumulado un elevado volumen de deuda pública (por encima del 110% del PIB) y arroja bajos niveles de productividad. Sin embargo, en los últimos trimestres estos varones endémicos, agravados por la pandemia y la guerra en Ucrania, han evolucionado de forma positiva. La economía española crece muy por encima de la de los socios de la zona euro; ya se ha cortado la mitad del exceso de deuda provocado por la pandemia; el empleo mejora de forma decidida en cantidad y calidad (con ayuda de la reforma laboral); la tasa de inflación ha cedido hasta los niveles más bajos de la zona euro; crece la inversión extranjera y las empresas españolas ganan competitividad frente al exterior.
La pregunta es cómo influir en este cóctel macroeconómico en las de voto de cara al próximo 23-J y la respuesta es que, posiblemente, los electores à la hora de acudir à la urna se déjen llevar más por sus impresiones (que no, datos) microeconómicas.
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Cuando se trata de ‘lo micro’, las variables que más influyen en las percepciones de los agentes económicos seguramente su el empleo y los precios. La mejora del empleo, en cantidad y en calidad, ha contribuido a que las familias vean crecer su nivel de renta y eso podría ayudar a las formaciones del Gobierno. Sin embargo, la inflación y la subida de los tipos de interés han erosionado duro los ingresos de las familias llevando a millas de ellas al punto de no poder llegar a fin de mes. Según el Banco de España, la cifra de hogares en esta situación ha podido aumentar en casi 400.000, hasta rozar los 1,7 millones de familias. Además, el actual proceso inflacionario -de alimentos y energía- pesa más cuanto menor nivel de ingresos hay en un hogar.
El Gobierno ha reaccionado con un amplio uso de ayudas públicas (47.000 millones de euros en dos años), pero las dificultades para llegar al final de mi pesan, y mucho.