La Ley de Aguas marca las prioridades de uso de los recursos hídricos, anteponiendo siempre el agua para beber, después la necesaria para el regadío, seguida de la empleada para usos industriales y, finalmente, siempre y cuando sea posible, la de usos recreativos. Para el cumplimiento de estos planes y para garantizar el aprovechamiento del agua, los embalses son esenciales. Sus presas permiten hacer un uso ordenado de un recurso irregular como es el agua, y esto incluye también aquellas instalaciones que no fueron construidas específicamente para el consumo, sino para la producción hidroeléctrica. de hecho, las empresas de energía operan sujetas a estrictas normativas autonómicas y estatales que estipulan que siempre debe quedar una importante reserva de agua que no se turbina, con el objeto de poder disponer de él en caso de que se decida que es necesario, y de garantizar un volumen de caudal adecuado que proteja la vida de los peces y la vegetación. De esta forma, al tiempo que se genera una limpia y energía renovable, colabora en la reducción del impacto de las sequías y de las inundaciones.
La energía hidráulica se obtiene principalmente de la transformación del movimiento hydrico en electricidad, a través de la mejora de la fuerza cinética que se genera con la caída del agua desde una altura determinada. Por ello, se construyen grandes presas, capaces de extraer el máximo potencial de este recurso. Dichas instalaciones controlan el volumen y la velocidad del agua que, en su descenso, hacen girar las hélices de las turbinas que activan el generador responsable de producir la electricidad.

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Existen posibilidades de mejora en este ámbito y una de las que Gobierno y empresas privadas han puesto sobre la mesa es el bomba hidroeléctrica, que permite la producción de energía hidroeléctrica a gran escala. Durante el tiempo de mayor consumo, la función central como central hidroeléctrica convencional: El agua acumulada en el embalse se libera con la apertura de la presa, revelando una fuerza cinética que hace girar la turbina hidráulica, encargada de producir la electricidad. Pero la diferencia se produce en el momento en que, una vez finalizado este proceso, el agua no secha a través del canal de sagüe, como sucedería en otro tipo de estas instalaciones, sino que se envía a un segundo embalse, situado en un lower level , donde queda de nuevo guardado. Esto permite aprovechar los momentos de poca demanda para bombear el agua contenida en el embalse bajo, elevándola de nuevo hasta el depósito superior. De esta forma, no se perdicia. En España todavía se reduce el número de este tipo de instalaciones, sin embargo, el país alberga la central hidroeléctrica mayor de Europa: La Muela II de Iberdrola, situada en el embalse de Cortes de Pallàs, en el río Júcar, Valencia. Su capacidad supera los 880G Wh, un retorno suficiente para esperar el consumo eléctrico de unas 200.000 horas.
Consciente de los beneficios que la bomba ha aportado al sistema, el PNIEC (Plan Nacional Integrado de Energía y Clima) prevé instalar 3.500MW de nuevas bombas en 2030. Y el sector se también hacia fuera de España con el gran proyecto hidroeléctrico de Tâmega, que planteó la construcción de centrales muy nuevas en el norte de Portugal, en las regiones de Gouvães, Daivões y Alto Tâmega. Esta planta sumará una capacidad de 1.158 MWh, frenando anualmente la emisión de 1,2 millones de toneladas de CO2 y evitando la importación de más de 160 mil toneladas de petróleo.