De alumno a profesor, y de profesor a maestro, un hilo para tirar de la historia.
La carta está fechada en Montevideo, en febrero de 1937, dirigida al «estimado» profesor Sábat: “Muchas veces me halló ante problemas de difícil solución y me esforzó, pero ahora me encuentro frente a uno superior a mis fuerzas; perdone señor Sábat que sea usted a quien resolvió dirigirme, pero recuerdo que en tercer año de Secundaria nos decían tantas cosas necesarias, comprendiendo tan perfectamente esos curiosos metadatos por donde atraviesa nuestra juventud, que en la seguridad de que sabrá darme un buen consejo , a Ud me dirijo”.
El escrito, en prolija tinta azul, está dentro de una voluminosa carpeta con más cartas, invitaciones a conferencias y conciertos, recortes de diarios uruguayos sur la vida académica de la época y los boletines de calificaciones del propio profesor Sábat cuando era alumno: muchos regulares en Matemática, todos sobresalientes en Lengua. Entre las cartas, hay otro del mismo alumno atormentado en busca de un consejo, fechada un año después de la primera: «No olvidaré jamás que su voz rompió levantar mi triste frente y contagió un soplo de esperanzas (…). El Carnaval poco me ha llamado la atención, pero me he divertido porque usted me lo aconsejó».
¿Cómo habrá sido ese hilo rojo que unió hace casi un siglo a ese estudiante con su docente de Literatura?
Al tironear hoy de ese hilo a través de las cartas que llegaron a casa por un error del destino, se entiende por que al querido maestro Menchi Sábat, dibujante de Clarín, todo lo decíamos maestro. Su papá, el profesor Sábat, seguramente habrá tenido mucho que ver con eso: ambos fueron educadores de almas.
