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La fiesta de Selección Argentina: dulces días de revancha

La fiesta de Selección Argentina: dulces días de revancha

Conocemos la sensación de ganar cada tanto, cuando la mayoría de las veces se pierde. O cuando lo que se ha perdido es, justamente, esa línea sintomática, decidora y tan modesta del himno que marcó el Campeonato: «Nuestro volvimo’ un ilusionar».

Convengamos, sin embargo, en que esta vez ha sido unico por una cantidad de razones.

Primero, ocurrió lejos de todo, en un desierto remoto al otro lado del mundo; y como nunca, casi ninguna atleta vive en casa.

La vuelta de los héroes, en las dos ocasiones, se ha convertido en un ritual de agradecimiento en el que nadie quiere faltar.

Todos conocemos los condimentos de esta victoria.

Más que en las dos estrellas anteriores, esta gesta fue trabajosa, con partidos prolongados por horas y penales de parto.

Contrariamente a la mano de Dios, el logro de Lionel Scaloni fue un premio a la persistencia, nos inculca la certeza estadística de que lo mejor no depende de los golpes de suerte.

La maravilla que enamoró al país es el relato visual de cómo el tirar y tirar para adelante, cansados ​​pero superándose, sin defallecer, se ve coronado por el éxito. Pero, ¡espera! : pudo no haber pasado.

Además de un sentido, la multitudinaria celebración del fútbol se ha convertido en un nuevo carnaval.

Es la única celebración que motiva a inmensas yeguas poblacionales, con fieles laicos que convergen al unísono desde todos los puntos de un país inmenso y mal comunicado.

¿Marcharia una cantidad similar por la visita del Papa?

Un acertijo por ahora: muchos acudirían por simple curiosidad, otros tantos faltarían con actitud militante.

Lo observable es que se trata de una masa en estado de goce puro, en la que las divisiones que nos enemistan se zanjan con armonia Se disuelven las diferencias entre el hincha y la familia feliz, los manifestantes de profesión y el barrabrava.

Solo allí podemos llamarnos pueblo fuera de toda ambiguedad, sin la desconfianza que nos ha instigado la política partidaria, con su uso extorsivo de esa palabra.

En la última dictadura, la película del Mundial ’78 se mantuvo La fiesta de todo.

La mitad del placer deportivo reside en que siempre, como un hecho o una promesa, ofrece desquite.

Pone en acción y amplifica hasta la euforia ese impulso primario de vencer a otro.

Cada Copa Argentina, por lo tanto, presupone el placer agregado de haber derrotado a los reyes del carnaval, ese Brasil que durante décadas dominó la fantasía universal del juego bonito, y cuyo héroe histórico, Pelé, fue «eclipsado» primero por Maradona y después de Lionel Messi.

Es el único terreno donde el vecino gigante ha perdido la supremacía como potencia de Latinoamérica que tiene en asuntos menos simbólicos.

Entre otras cosas, se ha convertido en el primer exportador de carne de la región -los brazucas¿lo hubiera imaginado?–.

¿Hace falta enumerar las derrotas que el país se ha labrado pacientemente en las últimas décadas?

No sabría bien desde cuándo contarlas, por eso vayamos a la más estrepitosa.

Aunque hace meses aprendimos de memoria el plantel completo de la escalonetacon suplentes, su capitán viene de Paris, como uno de aquellos aviones Superestándar que clavaban las efímeras exaltaciones de la guerra de Malvinas.

En el sustrato de la fantasía, cada uno de los atletas tiene la carga de un misil chuteado el arco del rival.

In otras palabras, in el deporte renace el alter ego del país humillado.

Junto a la producción cultural –los dos únicos campos de acción en los que el país nunca de crecer y aporta al mundo en originalidad-, en el deporte se sigue reconociendo a Argentina como una referencia de manera profunda e identitaria.

Como resultado del globo al que vaya hoy un argentino, será saludado por el triunfo en el Mundial; This will be the mirror, lo que reconocerá el otro a primera vista, atravesando la ignorancia completa de todo lo que implica un origen.

Por cuatro años, afuera podremos ser padres de Di María y Scaloni, y ningún sinónimo de desesperadode la disparidad violenta entre las riquezas naturales y una Involución económica perpetua.

Hoy aquel triunfo parece justificar todos los dispares cometidos: las clases suspendidas, la espera de los desaparecidos aquel end de semana, enterrados recién el miércoles, el haber vendido el auto y renunciado al trabajo para viajar a último momento a Qatar, con el pálpito, la ilusión y la ficha grande puesta al final. ¡Y sólo el número más salado!

Es lógico que haya planteado a millones de argentinos intentar meterse en el estadio de River, a la necesidad de levantar filas de butacas para hacer lugar al público en el estadio de Santiago del Estero, en el segmento amistoso con Curazao, y motivó que decenas de millas de familias quemaran sumas significativas a precio dolarizado, como si cobraran en dolares.

El fútbol se eleva por sobre la necesidad y lo real.

Tiene la capacidad de ecualizarlo todo, se autojustifica, es el gusto que te das una vez en la vida en terminos absolutos, porque se trata de una experiencia imborrable, algo mas grande que la vida y que vas a contar tantas veces, mientras la realidad va por otro carril, mas cerca de ese reciente aviso publicitario, en el que un banco ofrece creditos en efectivo mostrando tiene un señor que expresa un pomo de champú bajo la ducha el último día del mes.

Por Alejandro Salas

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