Es una suerte de secuela de Experienciala autobiografía de amigos martinque ya desde la tapa, desde unos doce años en culottees cortos y cigarrillo rubio y virgen colgándole de la boca, soplaba el divulgar de la destrucción de sus contenidos. Por fin, las seiscientas páginas de su segunda parte, Desde dentroes un enfrentamiento con las secuelas que dejó en él aquel experimento, con lo que quedó borboteando en el tintero, acerca de su padre, el novelista Amigos de Kingsleydel poeta Felipe Larkin –amigo de Kingsley y padrino de un hermano de Martin–, de la década física y mental de ambos, además de un réquiem paralelo por el escritor Saúl Bellow –padre postizo de Martin, como si un progenitor del mismo oficio no bastara– y por su best amigo, el combativo cronista y ensayista cristobal hitchensque murió muy a destiempo en 2011, a los 62. De hecho, colgante de varios capítulos, la autobiografía se desarrolla – una nueva columna de naipes que juegan a favor de este largo solitario – como retrato de una amistad.
En el camino, desfilan las ex mujeres del temeroso y tambaleante Amis Senior, del misántropo inspire Larkin, del propio Martin (incluidas novias y madrastra), disquisiciones sobre la bebida y la edad, sobre la bebida a secas, y sobre variadas cenizas políticas: Irak, Afganistán, Al Gore, Bin Laden.
Para graduarse de británico es menester exile, y fue esa perspectiva exterior –Amis Junior vivió muy años en José Ignacio, Uruguay, y hace tiempo que sus patas están arriba de un escritorio en Nueva York– lo que lo salvó de la insularidad inquebrantable de casi todos sus colegas compatriotas. Un asunto lateral, que regresa de a ratos, presenta las pequeñas diferencias lingüísticas y modales entre Gran Bretaña y Estados Unidos (tema al que Hitchens se lo dedicó a un estudio más que esperado).
No se puede decirse que el paseo no sea entretenido. De grande, el padre de Martin no se quedó solo en ninguna casa ni viajaba en avión. El ferviente ateo Hitchens se mantuvo fiel, hasta el final, a Rosa Luxemburgo. La generosidad de Bellow, la amabilidad de Hitchens con las mujeres. Este, sostiene Amis, se movía a dos bandas, o practicaba lo que el propio contrera llamó «llevar una doble contabilidad»: «Era un incendiario romántico que también disfrutaba en los círculos del mundo hermoso”.
Los amigos deterrados compartieron cierta propensión por la melancolía meteorológica: «Christopher una vez escribió que ‘the outfit, continue lluvia inglesa’ formaba parte de su ‘derecho de nacimiento’. Yo conozco esa lluvia. Conozco esa lluvia isleña, que apenas tiene el peso necesario para caer y que viene de puntillas, como tratando de hacerse pasar por el elemento silent, sin serlo”.
De una de las novias de Larkin, Amis padre dijo que era «la mujer inestable menos interesante que había conocido». Cuando una ola revolcó a Bellow en las aguas del Atlántico norte en East Hampton, a Martin reveló en el odio de aquellos ojos estriados la mismísima fuerza que lo hizo redactar la clase de novelas que Amis sintió que estaban escritas comme un pedido, para él.
El hilo conductor nada subterraneo de Desde dentro es la insistente preocupación de Friends por el uso de la palabra y la pérdida de su dominio con el correr de los años (mientras el propio libro revalida la tesis). En un momento, el autor de La guerra contra el cliché confiesa: «Cuando me siento al escritorio me paso la mayor parte del tiempo tratando de evitar pequeñas fealdades (más que luchando por lograr grandes hermosuras)». Oración que no es precisamente un ejemplo de lo que afirma.
In otra instancia sentencia: «Cuando escribimos, también leemos. Cuando leemos, también escribimos». No es una noticia. Una barra de pan rebanada en cuentos”. Volverán contó la razón al que reclamaba la suspensión de la incredulidad del lector. De pronto, uno no puede creer lo que lee, y menos cuando regresa a la tapa del libro y corrobora la firma del autor, a quien por momentos le sobran motivos para preocuparse progresivamente por la calidad de lo escrito.
Lo que más atacó Amis en sus años como critique literario corrosivo fueron el cliché y el tedio. Acá ofrece generosos trechos de ambos, como so burlonamente quisiera demostrar que es capaz de ser malo (olvidando que lo había evidenciado hace no tanto, en novelas tardías, flojas de papeles). Pero Amis no es ciego ya lo mejor sembró una excusa, un mi culpa anticipado, cuando opinó por DH Lawrence: «A mi juicio, no previamente llegar muy lejos con la ‘experiencia directa’. Nadie llega muy lejos con ‘la vida'».
Si un narrador ejerció de crítica y, peor, fue una crítica bonos, sus propias frases le administrarán el veneno y verán pasar su féretro. Hace años, Amis comentó sobre Philip Roth: «El problema con Zuckerman, el problema con el yo como idea literaria, es que no hay tema».
Desde dentro contradice dos veces esa frase: le sobran temas y le falta escritura. Y mientras un indeciso Amis alternaba entre la primera y la tercera persona del singular, desnuda otra falencia: la distancia justa que solicita toda autobiografía. En ese sentido, los libros personalísimos de Christopher Isherwood –compatriota también exiliado en tierra yanki– y de Patrick Leigh Fermor –arraigado en Grecia– siendo entonces una lección y, sobre todo, un entusiasmo.
No pocas líneas boquean en las grandes playas narcisistas de Amis (vaciadas; el público se puso impaciente con el vendedor ambulante de sí mismo). Experienciaen todo sentido suele resultar en cambio lo que llamarse un libro más compacto, más cerrado.
Friends también lo había logrado en Información, novela que retrata, puntualmente, los días de un escritor. Lo que siempre sostuvo su prosa –une inteligencia visible, apuntalada por un buen oído– en esta autobiografía se traduce en un tono irritante, el que nace, justamente, de intellectos creídos.
Hoy no deja de concertar un libro desordenado, desparramado, como no editado, firmado por uno de los escritores más ostentosamente brillantes en lengua inglesa del último medio siglo.
Quizá otra clave sobria las dificultades del género la dellizó el mismo Amis hace poco, acerca de la autobiografía de Anthony Burgess: «Como todos los escritores, tuvo que sistematizar un yo». Pero las verdades no vienen con instrucciones de uso y casi nadie puede leerse: un monstruo no se mira dos veces en un espejo.
fr Desde dentro, Amis se rebaja, vamos a resumirlo así, a la simpatía forzada; Acude a un lector hipotético, que se imaginaba joven. Su estilo como crítico –deliberado, ostensible, eficaz– y como creador de una voz seductora –en las novelas campamentos de londres allá Cena– era inseparable de un rigor técnico y una suficiencia arrogante pero incisiva que en esta autobiografía pierden filo y, más importante, nivel. Igual has a rico que hubiera salido a beggar, fingiendo pobreza, como cuando en una época en medio de une misea en la iglesia más opulenta –la católica– un allegado al cura salía a recolectar monedas y billets de los crédulos.
Es cierto lo que Amis afirmó décadas atrás sobre el cuentista y ensayista VS Pritchett – “todos los criticos artistas son en cierta medida militantes secretos de su propio trabajo” –, pero ese parámetro ya no le haría ningún favor a la hora de pesar su obra real.
A ciertos autores –Sebald, por caso– se los sobredimensiona tanto mientras viven, o cuando acaban de morir, que por varias temporadas es difícil establecer una relación íntima, de igual a igual, con sus libros. Se distorsiona lo que importa, la lectura, la privada y la pública, y al cabo de las estaciones el muñeco inflable y agigantado de sus reputaciones pierde aire, se va encogiendo y frunciendo, y el curioso menos prevented se lo reencuentra arrumbado en una casa rodante abandonado, cuando el circo ya se mudó de pueblo.
