La Cumbre Atlántica de Vilna (11 y 12 de julio) sirvió para certificar tanto el empantanamiento de la guerra en Ucrania, como el frenazo de los aliados a la entrada de este país en la OTAN. Por ello, no son de extrañar los inocultables gestos de enfado de las autoridades de kyiv, tanto hacia su gran valedor, EE. UU., como hacia otros países aliados, especialmente contra Hungría.
Asimismo, tal postura contra la tasada modulación del apoyo militar aliado a las tropas ucranianas tiene una finalidad doméstica: presentar a la NATO como coparticipe en la responsabilidad por la falta de éxitos significativos de la contraofensiva.
Between the serpientes veraniegas (motín Wagner y puente de Kerch, entre otras), quizás la de mayor calado se la de las municiones de racimo, de las que el presidente Joe Biden anunció, antes de la Cumbre, estar dispuesto a transferir a Ucrania. Al parecer, tal entrega ya habría comenzado. Se desconoce, por el momento, hasta qué punto ese nuevo municionamiento equilibrará la balanza artillera entre Rusia y Ucrania, que es altamente favorable a la primera. Por el contrario, si se puede concluir que los espacios ucranianos siguen constituyendo el más provechoso y amplio campo de experimentación y maniobras, para las industrias de defensa tanto occidentales como rusas.
En todo caso, la entrada en escena de las municiones de racimo, que no baten objetivos concretos sino zonas y, además, envenenan el terreno, es muy mala noticia tanto por la carga escalatoria que suponen, como por el latente peligro que su empleo tiene por la población civil. Por ello, prácticamente, todos los miembros de la Alianza son firmantes (EE. UU. y Turquía no lo son) de la Convención sobre municiones de racimo de 2010, que prohíbe su producción, almacenamiento, uso y transferencia. La ministra de Defensa, Margarita Robles, cuatro días antes de la Cumbre, salió al balcón electoralista para publicitarse firmemente en oposición a la decisión norteamericana.
Sin embargo, sin mayores aspavientos, el tema circuló sigilosamente y de puntillas por los pasillos de la Cumbre con la coartada de “no haber posición común” (Stoltenberg dixit). Sí, donde manda capitán no manda marinero, doña Margarita.