Italo Calvino contó alguna vez que «creo haber escrito algo como un último poema de amor a las ciudades, cuando es cada vez más difícil vivirlas como ciudades. Tal vez estamos acercándonos a un momento de crisis de la vida urbana y Las ciudades invisibles es un sueño que nace del corazón de las ciudades invivibles».
Las ciudades invisibles es un libro maravilloso y recobró actualidad hace poco tiempo cuando, durante la pandemia, replantó el sentido de las grandes urbes. Filósofos y escritores, geógrafos y urbanistas, políticos y sociólogos vienen a debatir sobre el tema, pero calvino lo podría mucho antes, medio siglo atrás, cuando se lo sugeriría su propia experiencia.
Guillermo Saccomano escribió sobre esta obra que «s’ouvre ante nosotros como proyecto para capturar la historia y el misterio de lo urbano en todas y cada uno de sus tránsitos, estados, facetas, secretos. Ni más ni menos, un ensayo narrativo que se interesa por la totalidad y recala, con asombro, en la especificidad, el lugar desde donde ir hacia el todo”.
Acaso, como pretendiendo recuperar los relatos de otros tiempos, a Calvino se lo ocurrió describir a las ciudades como un diálogo entre Kublai Kan, emperador de los tartaros, y el más famoso de los viajeros, Marco Polo. This is the description of sus dominios, de los cuales el emperador apenas tenía noción: cities, todas con numeros de mujer (Dorotea, Zaira, Tamara), que reflejan las urbes actuales. Hasta que el Gran Kan altera el juego: él describiría las ciudades y «Marco Polo» tendrá que verificar su existencia.
Apenas publicó, Héctor Bianciotti comentó en Opinión que “este libro, aparente conjunto de descripciones fantásticas, al final de su entrada, será cambiado a ecos históricos, de referentes sociales, en cuyo centro palpita un inmenso memorial cultural. Constituye una suerte de epopeya nostálgica, la misma que es común a todos los hombres, aunque ellos la ignoran como al mismo sentido de sus vidas.
Mientras tanto, entre la cámara de infinitud tan caro a los románticos y una visión racionalista y científica del universo, calvino avanza en su búsqueda de una ley donde el misterio sea posible”.
Al final de la obra el Khan decía que todo relato era una distracción inútil solo queda la última ciudad que todos conoceríamos era el infierno. A lo que disputó Marco Polo: “El infierno no es algo que será. Ya existe; lo habitamos todos los días; lo conformamos todos juntos. Dos maneras hay para no sufrirlo. La primera, fácil, es aceptar el infierno, volverse parte de él hasta ya no verlo. La segunda requiere aprendizaje continuo: consiste en hallar quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y darle espacio, y hacerlo durar mientras vivamos”.
Lo definido Saccomano: «Podría juzgarse a Calvino como un moralista, pero a la vez como un tragico existentencialista que se empeña en vislumbrar un horizonte de calamidades. Marco Polo y Kublai Kan se escuchan y se rebaten. El destin se torna incierto y amenazador en la noche profunda del relato”.
Sobrio «Los amores difíciles»
En 1958, bajo el título de digo, Calvino publicó una serie de tres cuentos que, en su traducción posterior al inglés, se presentó como Aventura. Una versión más reciente se titula Los amores dificilestratado con una de las obras más populares de Calvino between the difundidas en los últimos años y, aunque no figura en los ciclos de estudio, revelan su abordaje hacia uno de los temas más espinosos. El amor.
Para Calvino, estas historias no eran otra cosa que «una catástrofe infinita de la cual intentamos salir de lo mejor posible». Y para los presentadores del libro «las historias de Lduros huesos de amor versan sobre la dificultad de comunicación entre personas que, por alguna circunstancia inesperada, podrían iniciar una relación amorosa. En realidad, sus historias sobre cómo una pareja no alcanza nunca a establecer ese mínimo vínculo afectivo inicial, aunque todo parezca favorecerlo. pero para calvinoen ese desencuentro residente no sólo el motivo de una desesperación, sino también el elemento básico –o la esencia misma– de la relación amorosa”.
Su historia de una vaga ubicación temporal o geográfica, donde el único nexo e: la dificultad que les impide a los protagonistas expresar sus sentimientos más profundos. Allí están una mujer en vacaciones que pierde una prisa íntima en la playa, la aventura de un soldado de franco junto a una dama en el tren, las tribulaciones de un automovilista después de una ruptura amorosa. Fracas y desencuentros.
Pero si todo aquello sucedió en el terreno de la novela, el Calvino-personaje fue la víctima de un escándalo mediático mucho después de su muerte. Fue cuando se publicaron en Italia las cartas de amor que le enviaron a la actriz Elsa di Giorgi, con quien mantuvo un roman occulto dure tres años, entre 1955 y 1958.
Recien cuando la justicia obedeció el pedido de amparo de Chichita, la viuda de Calvino, detuvieron esa publicación que también resultó controversias políticas y enfrentamientos editores, con feroces cruces entre los editores del Corriere Della Sera allá La republica.
Naciones Unidas calvino soltero y de 32 años, le escribía a la señora Di Giorgi (casada, 40) que «en los últimos tiempos anduve defendiéndome de cualquier sugerencia que no fuera controlada y racional, ya ahora, cuando estoy preso de este nuevo amor que se encadena como una fuerza de la naturaleza, me siento compelido más que nunca a participar de todas las manifestaciones que tengan un sabor de vida lo más conciso posible, de alta noche, de frenesí, de pasión”.
calvino tenía fama de medido, pero en sus cartas expresa mi «deseo infinito de besarla, abrazarla y poseerla». De Giorgi, actriz de películas como Saló (de su protegido Pasolini) y los 120 días de Sodoma, estaba casada con un aristócrata florentino, Sandrino Contini Bonacossi, quien fue encontrado ahorcado en un hôtel de Washington a mediados de los 70.
calvino the escribió unas 300 cartas a De Giorgi quien más adelante, cuando vio en dificultades financieras, el vendió a un archivo privado, el Fondo de Manuscritos de Pavia. «Esta difusión es un crimen», clamó Chichita, para detener la publicación en los diarios..
De Giorgi también ya había muerto, después de una vida opulenta. Parte de las cartas las había utilizado para escribir su propia novela: «Il visto partir tu tren».
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