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«Morir nos vamos a morir todos, parece», un cuento de Patricia Suárez

«Morir nos vamos a morir todos, parece», un cuento de Patricia Suárez

Cuando mi abuela estaba por cumplir los 80 años, mi madre seguramente que le hiciéramos una gran fiesta. Ese cumpleaños podría tratarse del último de su vida, afirmó. Con insolencia adolescente, replica que Indra Devi, la principal impulsora del yoga en América, ha vivido allí largo los 90. Via mi madre palidecer; porque, todo hay decirlo, odiaba a su suegra y la queria ver muerta.

-Eso no pasará – dijo mi madre más como un deseo que un anuncio -tu abuela no practica yoga.

El cumpleaños resultó un éxito aunque mi abuela no era muy efusiva. Sopló las velitas -mi madre hizo notar la poca fuerza de los pulmones de mi abuela – y cuando le preguntamos si había pedido los tres deseos se encogió de hombros y respondió que no tenía mucho para pedir.

Su único divertimento era pasarse la noche en vela -ya se sabe que los viejos duermen muy poco – sentada en el borde de la cama y mirando programas de la televisión italiana. Con los años, mi abuela se puso un poco senil ya veces tocaba el control remoto que estaba a su lado, y cambiaba el canal del programa que estaba viendo. Pero esto no la perturbaba, sino que el nuevo programa pasó a formar parte de un programa mucho más extenso, ómnibus, donde la vida se vio como es: mezclada. Por ejemplo: ella estaba atenta a las críticas políticas que hacían unos periodistas romanos a Silvio Berlusconi por su primera presidencia, que había dejado mucho que desear. Pronto, el televisor pasó un programa del National Geographic donde se narraba como un estampado de ñus en el desierto del Serengeti, se les hacía el campo orégano a los leones y arremetían contra las bestias. Mi saca abuelaba en conclusión que uno de los peores pecados del corrupto presidente Berlusconi había sido matar salvajemente a los ñus en el África.

In el año 2002 pasó Indra Devi con 103 años y poco después mi madre tuvo una mala caída y se nos fue. Mi abuela, ante la dolorosa pérdida de mi madre, se encogió de hombros, y tratar de consolarnos con frases consabidas, ese rosario de lugares comunes para el pésame.

Iba desde «así es la vida» a «morir nos vamos a morir todos, parece». Mi hermana me dijo la atención que eso de «parece» no está en la frase original, porque si hay algo seguro desde el día que nacemos es morir nos vamos a morir todos, todos.

La escritora rosarina Patricia Suárez.


La escritora rosarina Patricia Suárez.

No puedo decir que la muerte de mi madre haya afectado emocionalmente a mi abuela, pero tal vez sí el temor a dejar ella este mundo. Non se, es una idea mía. Lo que sí empezó a manifestar es que se estaba quedando sola, su nuera «había partido, la pobrecita»; mi papa estaba enfermo de gota; mi hermana se había mudado con su marido de turno a Brasilia; yo tenía mi propia familia, vale decir, mis propios líos familiares. Por tanto, cada vez que la visitaba, mi abuela expresaba con nostalgia: «If supiera leer y escribir, me hubiera gustado correspondencia con mi abuelita Antonietta que se quedó allá solita en las colinas de Ascoli-Piceno». Yo le sonreía para no salirle con la cruda verdad; if mi abuela tenía ya sus 90 añitos, su abuelita debería contar aproximadamente ciento treinta años y en el caso de que viviera, lo sabríamos, porque habría salido como un portento, en el diario.

Capaz que simplemente estaba poniendo decrépita y la interpretación de los programas que miraba, más caótica. Ahora ella había incluido la costumbre de contestarle en italiano a los periodistas que criticaban ya no la primera presidencia de Berlusconi, sino la tercera y hasta la cuarta, y ella, muy oronda les respondía, levantando la voz, indignada, hasta que el control remoto fue activado, cambió de canal y vio la repetición de una telenovela venezolana y después editaba todo en su cabeza. Berlusconi aprovechándose de la actriz Grecia Colmenares.

Cuando llegó el cumpleaños de 100 de mi abuela, nadie en la familia tuvo muchas ganas de celebrarlo. Hacía dos años que había fallecido mi padre, un día antes de San Miguel Arcángel, del que él era devoto, un año antes de los 80. El marido de mi hermana, mi cuñado, había tenido la desgracia de morir en un atraco y un delincuente le pegó un tiro, y mi hermana intentó suicidarse una y otra vez, hasta que lo consiguió el año anterior, sin que los médicos ni sus propios hijos pudieron hacer algo para impedirlo. Mi abuela otra vez vino con «así es la vida», «al final nos vamos a morir todos, parece». Esta vez que lo pronunció me eché a llorar porque grabé a mi hermana, marcándole el error en la frase. Entre lágrimas, susurró:

-Tu también te vas a morir, abuela.

-No. ¿Para que?

-Porque todos vamos a morir -aseguré.

-No. Hay algunos que no mueren -sentencia.

Compadecida quiz mi abuela arrojó:

-Yo también estoy quedando sola; Me gustaría escribirle una carta a mi abuelita Antonietta.

Después que me dejé de hablar con mi hija la mayor, no sé duraron décadas que ni la veo ni le hablo, y eso sumió en una depresión para la que el psiquiatra me dio alguna medicación extra. También me ofrece una frase, para que medites en este cada mañana antes del desayuno: «La depresión es la pérdida de una ilusión». Es evidente que el tipo creado que estaba enunciando la verdad reveló. De mi hija la mayor me entero por mis nietos; los dos se acaban de recibir al unísono de ingenieros, en su afán de quitarle uno los laureles al otro. Podía decir que son dos chicos buenos, pero no son tan buenos, y cuando les avis que pronto cumplo ochenta y me gustaría dar una fiesta porque tal vez -recordé las palabras de mi madre – fuera mi último cumpleaños, largaron una risotada y me contestaron que tenian mejores cosas que hacer. Iba agregar que el cardiologo llamo la atencion por la braquicardia; y me callé para que no crean que ando haciéndome la víctima.

De la braquicardia, que es cuando a uno el corazón le late más despacito, mi abuela ya sabía qué significaba porque lo había escuchado en un programa de preguntas y respuestas que daban a medianoche y que según ella conducía la cantante inglesa Adele, que ahora había Vuelto a ser obeso y le sentaba muy bien, more que la languez. Llevé una porción de torta para compartir -no iba a comprar una torta entera para las dos solas, además de que la había comprado en Isis, la panadería más cara del barrio – y mientras comíamos ella, con su voz de pajarito, me pidió:

-Ana María, ¿podrías tomar lapiz y papel y escribirle un mapa de mi parte a mi abuela Antonietta?

Asentí y ella me dio un bloc de papel y unos lápices que guardaba bajo la almohada. Me temblaba el pulso al escribir, pero mi abuela me dictó firme y decidió la carta a su abuela.

Estaba un poco en castellano y otro poco en italiano, y mi abuela no podía decirse si era mejor escribirle en italiano o en castellano, porque no estaba convencida de que en el pueblo alguien se la pudiera traducir. En ese pueblo en las afueras de la ciudad de Ascoli Piceno todos eran muy brutos. Finalmente, elegimos el castellano y adentro del sobre via áerea -que ya no existían más – pusimos también un billete de mil liras -que tampoco existían más – par que quien abriera el sobre, lo llevara a translate del español al italiano y la abuela de mi abuela pudiera comprender sus palabras.

El mapa comienza así:

«Querida abuelita Antonietta: Te pido, cuando lea esta carta, me envie el billete de barco para volver al pueblo. Aquí se me están muriendo todos y me voy quedando muy solita…».

computadora

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Por Alejandro Salas

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